Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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24.06.2017
Pablo Casanova
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Esperó a que se fueran las personas que estaban visitando una tumba situada muy cerca de la que él había ido a ver para acercarse. Oculto tras una esquina, aguardando el momento de permanecer completamente a solas, vaciló por un instante si debía permanecer allí o marcharse; si se merecía que hubiera viajado hasta ese recóndito pueblo de la Patagonia Argentina o si, por el contrario, toda aquella situación no era más que un vano intento de aplacar su conciencia. Delante del nicho en el que lo hubieron enterrado dos años atrás, pasó una palma de la mano por la fría plancha de mármol en la que habían tallado sus datos. Le resultó inquietante leer sus mismos apellidos, la fecha de nacimiento tan cercana a la suya, la certeza de la muerte en otros tantos números y notó cómo se le formaba un angustioso nudo en la garganta. Se había quitado el sombrero en señal de respeto y se subió las solapas del abrigo en cuanto empezó a soplar con fuerza un viento frío y seco que le cortaba la cara. En uno de los pocos árboles que había, invisible, escondido como lo había estado él unos minutos antes, un cuervo graznaba un canto sombrío, monótono,  y las flores secas que había en los jarrones de algunos nichos y las fotografías descoloridas de personas que llevaban demasiado tiempo muertas recalcaban el desolador aire de aquel sitio. Fuera del cementerio, una infinita llanura pedregosa y yerma quedaba cortada por una carretera  que parecía no llevar a ninguna parte. Llevaba quince años fuera del país y su primera visita la estaba dedicando a ver la tumba de alguien con quien no se habló durante años, aunque ni siquiera recordaba ya el motivo por el que habían dejado de hacerlo. Parado allí de pie, notando como el frío le iba envolviendo todo el cuerpo, comenzó a pensar en las cosas que, siendo adultos, jamás llegaron a hacer: un viaje en coche por el interior para visitar otros pueblos y otras ciudades, asistir al cine o a un concierto, escuchar tangos sumidos en una nostálgica borrachera, ver un partido de Boca en La Bombonera. Apenas se hubieron expresado mutuamente sus sentimientos, confesado sus miedos y alegrías, sus deseos más sinceros. Le resultó terriblemente doloroso comprobar cómo se fueron convirtiendo en dos completos desconocidos, pero nunca tuvieron una relación fácil.   Echando ahora la vista atrás, la mirada fija en el nombre de él, se sentía frustrado por no haber sido capaz de entender de dónde le venía esa infelicidad tan profunda que arrastró toda su vida. De algún modo, pensaba que le había fallado, no por alejarse cuando el trato entre ambos se hizo irrespirable, sino por no haber podido enseñarle todo lo que se estaba perdiendo, enfrascado como anduvo siempre en una absurda queja, en una irracional protesta, en una amarga existencia que a nada conducía. Inesperadamente, escuchó los pasos de alguien sobre la gravilla y al volverse vio a una mujer vestida con un abrigo verde y unos zapatos de tacón rojos acercarse dirigirse hasta donde él se hallaba. Era morena, delgada, la piel blancuzca, lo ojos de un verde tan oscuro como su abrigo, el pelo recogido en una hermosa coleta, muy atractiva. Cuando él le preguntó quién era y de qué lo conocía, ella se le quedó mirando en silencio. Luego, con una suave voz, le llamó por su nombre y le respondió que era la Vida y que había ido a decirle que aprovechase el tiempo que aún tenía.

 

 

 

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