Pablo Casanova
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La quietud de las palabras

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09.12.2018
Pablo Casanova
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Un día cualquiera. Una de esas limpias y soleadas mañanas de Almería en la que la luz lo inunda todo y le hace a uno hasta dudar de la época del año en la que se encuentra, como si la mano invisible del destino hubiese dejado de arrancar las hojas caducadas del calendario de la vida y el tiempo se hubiera detenido para siempre en mitad de un caluroso verano o de un cálido invierno. Un día perfecto para explorar un poco más algunos de los rincones del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar y que no desaprovecho. Junto a dos amigos, atravesamos valles y dunas cubiertos de rocas volcánicas que han permanecido casi inalterables desde hace millones de años: la misma inmutabilidad de la que parecen estar hechas Almería y sus gentes, como si la prisa fuese un vocablo que no existe para ellos, y todo cuanto nos rodea ese día tiene algo de asombrosa y primitiva geología o se mueve con la apacible lentitud con la que el mar alcanza la orilla de alguna de las calas que vamos dejando atrás. Entonces aparece de pronto, casi como de la nada. Seguramente antes habremos pasado junto a alguno más que ni siquiera fui capaz de advertir, absorto cómo andaba por la sorprendente belleza de aquel lugar que me hacía recordar constantemente algunas de las novelas de Julio Verne. Sin embargo, ahora, durante unos silenciosos y eternos minutos, soy incapaz de mirar a otra parte que no sea el montón de ropa que hallamos tirado sobre las piedras: andrajos abandonados con premura y alivio sobre la exigua oquedad de una ladera que en algún momento sirvió de refugio, como si fuese la anómala envoltura de un objeto que alguien dejó tirado en mitad de la nada. Observando aquellas prendas, percibiendo con detalle la suciedad impregnada de la tela con la que fueron un día confeccionadas y los desgarros y agujeros que tienen la mayoría de ellas, me sobrecojo al pensar que una vez fueron las ropas de unos cuantos que lograron llegar hasta una de esas playas por las que nosotros hemos ido pasando, y que a mí tan solo me evocaban el recuerdo de un cómodo verano. Parado allí de pie, examinando la calidad de mi ropa de montaña comprada en un feroz centro comercial, sintiéndome de repente uno más de esos idiotas que ha perdido tardes enteras de un sábado entre sus tiendas en lugar de hacer algo provechoso por los demás, siendo uno más de tantos, no puedo evitar concebir algo parecido a la culpa y la vergüenza al comparar sus vidas con la mía, y pienso que esos harapos que ahora tengo en el suelo frente a mí, formaron una vez parte de alguien y tuvieron unos dueños de los que nunca llegaré a saber su edad ni su nombre. Acaso sean del padre o del hermano de algún otro que venía con ellos y que se ahogó en el intento o murió por la deshidratación y el hambre o porque ya no pudo aguantar más. Por alguna impensable razón, me pongo a imaginar cómo sería el bote en el que se lanzaron al mar; ese del que saltaron en la clandestina oscuridad de la noche cuando al fin llegaron a la playa, llevados por una sensación de alegría que los demás ni siquiera no acercamos a adivinar, la bolsa con algo de ropa seca en una mano y el miedo a que ahora los descubran en la otra, y me pregunto ingenuamente por qué ponen sus esperanzas y hasta sus vidas a merced de las olas, aun sabiendo que es posible que ninguno lo consiga, pero conozco de sobra la respuesta.   Luego, inevitablemente, prosigo con mi excursión, pero ya no es lo mismo, porque soy incapaz de disfrutar como antes de los colores del paisaje o del difuso rumor del mar que engañosamente el viento trae hasta nosotros, y mi atención se centra ahora en descubrir las huellas de aquellos que lograron alcanzar una parte de sus sueños. Otras pilas de ropa irán apareciéndose después tiradas por el monte; e incluso me toparé con los restos de una barca abandonada en una de las calas, rota en la proa y cubierta de arena, con su nombre en árabe pintado de negro aún visible en un costado. No sé qué pondrá y tampoco tengo muy claro si quiero averiguarlo, e inevitablemente me acuerdo de Caronte y de su barca hacia el Hades, solo que estas que atraviesan el Mediterráneo van injustamente repletas de muertos en vida que no hicieron nada malo.

 

 

 

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