Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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11.04.2021
Pablo Casanova
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Esta entrada ha sido escrita con entusiasmo y cariño para Futura, la edición especial de número único impresa, como parte de las actividades conmemorativas de la Semana de la Ciencia-Ficción, del IES La Madraza (Granada).      

   Había llegado más cansado que otros días, aunque lo que llevaba abrigando Milton Samperio desde hacía unas cuantas semanas ya, no era del todo cansancio, sino una confusa impresión de hastío, de que su trabajo carecía de sentido. Se desnudó frente al espejo del dormitorio y se dio luego una ducha con más calma de la habitual, sin importarle que el detector automático de registro le advirtiera del excesivo gasto de agua, pues desde hacía un año se venía racionalizando el consumo semanal en cada unidad familiar. Se preparó algo parecido a una cena en el microondas, y mientras terminaba de hacerse, bloqueó el aparato de vigilancia doméstica tal y como le había enseñado a hacerlo un compañero de la oficina, sin peligro de que saltara el aviso de fallo en el sistema, y se aseguró a continuación de que todas las persianas quedasen completamente bajadas. Extrajo entonces del doble fondo del armario de su dormitorio, la caja donde guardaba las películas prohibidas que había ido sacando a escondidas del almacén del Servicio Nacional de Confiscación, donde llevaba trabajando dos años, inventariando y clasificando las historias cinematográficas que, en diferentes soportes digitales,  eran requisadas cada día por orden del Ministerio Cultural de Reeducación. 

    La prohibición vino con la última crisis económica, que se volvió una crisis social, a raíz de una película en la que se ponía de manifiesto la enorme corrupción de la clase política. El argumento resultaba tan verídico, que la gente empezó a cuestionarse el papel del gobierno. A los pocos días del estreno la muchedumbre se lanzó a la calle. Primero lo hizo de forma pacífica, debatiendo en asambleas celebradas en las plazas y ofreciendo proclamas sobre la necesidad de un cambio profundo. Luego esa misma muchedumbre dejó de hablar y de discutir, y comenzó la violencia, destrozando y saqueando todo cuanto encontraba a su paso, y solo después de dos meses de conflictos, la vida recuperó su pulso; pero a partir de entonces, las películas se declararon perjudiciales para la convivencia; los cines fueron clausurados; y todo aquel que no entregaba las suyas, corría el riesgo de ser denunciado y condenado a un programa de reinserción moral.

     Con el pelo todavía mojado, Milton Samperio dudó entre una amalgama de títulos de los años 60 del siglo pasado, y solo cuando escuchó el timbrazo del microondas se decidió a coger El tiempo en sus manos, que siempre fue su favorita. Se preparó una bandeja con aquel mejunje proteínico y un vaso grande de agua, porque el alcohol llevaba prohibido desde los días de los últimos disturbios en la capital del país, de modo que la cerveza o el vino que bebía, lo hacía a través de aquellas películas  clandestinas de las que nunca se atrevió a hablarle a nadie. A la espera de que acabaran los repetitivos anuncios sobre conducta ciudadana, de obligada visualización en cualquier televisión que se encendiese a la hora que fuera, terminó de engullir aquella insípida comida que cenaba casi a diario. 

    Como en otras ocasiones, se quedó dormido un poco antes de que acabara la historia, y solo al despertar se dio cuenta de que había soñado con un mundo en el que se prohibían las películas, pero le pareció tan real, que sintió un sudor frío, y tuvo que echarse un poco de agua en la cara y en la nuca para cerciorarse de que realmente estaba despierto. Desconcertado, trató en vano de encontrar dentro del armario del dormitorio el doble fondo que vio en el sueño, sin embargo las únicas películas que descubrió en su casa estaban a la vista de cualquiera. Buscó entonces en el periódico la sección de cultura para ver los estrenos de la semana y comprobar así que las salas de cine continuaban abiertas, pero no halló nada, y las únicas noticias con las que tropezaba se referían constantemente a la crisis económica que parecía no tener fin. Decepcionado, recogió un poco la cocina y decidió irse a dormir.                                                     

    Ya en la cama, miró con nostalgia la fotografía de su esposa que tenía sobre la mesilla de noche, de quien seguía enamorado como el día que la conoció, y al recordar de pronto que estaba de viaje, se dio cuenta de lo mucho que odiaba dormir solo. Le costó demasiado conciliar el sueño, en parte porque le había sentando mal la cena y tenía un ligero ardor en el estómago, y en parte porque las sirenas de la policía no cesaron de sonar hasta bien entrada la madrugada, y a pesar de que le extrañó tanto alboroto en las calles, tuvo más pereza que curiosidad, de modo que no se levantó para mirar por la ventana, seguro de que alguien se lo contaría al día siguiente en la oficina.

    Al despertar notó que ya no le dolía el estómago, aunque la cena le había mermado las ganas de desayunar, por lo que se dijo que solo tomaría un poco de té. Se incorporó de la cama con una falsa impresión de resaca, y al buscar las zapatillas de felpa, descubrió con extrañeza que sobre la mesilla de noche únicamente había una fotografía suya en un día soleado de playa. Sin entender del todo, fue hasta el cuarto de baño, y al pasar junto al armario, lo abrió,  y comprobó atónito que no había una sola prenda de mujer en su interior, pero sí un hueco vacío. Comenzó entonces a angustiarse, a recorrer las habitaciones del piso en busca de una huella de su esposa, pero lo único que encontró fueron decenas de películas esparcidas encima de los muebles y las mesa, por la encimera de la cocina, en el suelo, sobre la alfombra, junto a un par de botellas de vino vacías. Observó todo a su alrededor con un pánico desconcertante, y al escuchar de nuevo las sirenas de la policía se bloqueó por completo sin entender qué estaba ocurriendo. 

    Fue entonces cuando la vio, colgando de un pequeño enganche junto a las llaves del piso. Como si fuese a cámara lenta, se acercó hasta la pared y allí encontró su tarjeta identificativa como operario del Servicio Nacional de Confiscación. Sin reaccionar, sintió los golpes al otro lado de la puerta de entrada; después oyó su nombre, el ladrido de unos perros aproximándose, y al final solo vio una claustrofóbica oscuridad. 

 

 

 

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