Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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01.07.2018
Pablo Casanova
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  Fue un poco de arena de playa la que hizo que se acordara de ella, como si en cada uno de aquellos milimétricos fragmentos de minerales y rocas estuvieran encerrados muchos de los momentos que habían pasado juntos durante esos años. Se acordó, de pronto, al ver la arena entre las páginas de una revista que hubieron llevado consigo a la playa el día anterior, de las primeras veces que comenzaron a tener contacto en el trabajo, siendo ya conscientes desde un inicio de la presencia llamativa y atrayente que suponían el uno para el otro; percibiendo ese aire de inocente seducción que los acompañó también en las inaugurales ocasiones en las que cruzaron unas pocas palabras o cuando se decidieron por fin a comer juntos en un restaurante cerca del mar.   Pensó en ella con la extraña sensación de que se hubo marchado mucho tiempo antes del que realmente había transcurrido, igual que le sucedió en una ocasión durante un jueves en el que fugazmente la vio irse del trabajo, su figura de espaldas a él iluminada por una soleada y apacible claridad de mediodía que le hacía parecer casi irreal, lejana ya en un tiempo que todavía no había llegado, como si fuera la evocación misma de una despedida futura, de un adiós que él sabía que terminaría por aparecer y separarlos.   Sentado en el salón de su casa, sosteniendo entre las manos la taza con el café que se resistía a terminar, pasó una de las yemas de sus dedos por la arena encontrada y sintió un incómodo estremecimiento de angustia al recordar las veces en las que habían terminado discutiendo por alguna tontería, orgullosos y cabezotas por igual, observando desde sus respectivas terrazas la silueta del otro sobre el azulado atardecer de invierno sin que ninguno se atreviese a coger el teléfono y llamar para disculparse, tan dignos como estúpidos, dejando con cada minuto que pasaba que el enfado de ese día se sumase al poso de disputas y malentendidos que las personas acumulan en la inevitable inercia de la vida. Recordó también su cara, su sonrisa, los buenos momentos que pasaron, la forma en que el uno se reía ante la absurda ocurrencia del otro o la cara de sorpresa de ella cuando él le explicaba algo de un cuadro en aquel viaje a Madrid que hicieron, y se alegró de haber vivido cada uno de ellos, guardianes de una complicidad que nadie más llegaba a comprender.   Con cuidado para que no se saliera de entre las páginas, cerró la revista con la arena en su interior y se salió a la terraza para acabarse el café. Miró hacia el piso que hasta hace unos días ocupaba ella con la incoherente esperanza de que estuviese aún allí, igual que la había visto en tantas ocasiones, y por un instante creyó ver una sombra apoyada sobre la barandilla. Luego,  se rio de sí mismo, de su ingenua ocurrencia mientras miraba al mar con la taza entre las manos, preguntándose si ella también estaría acordándose de él.  Para Alejandra, con cariño.

 

 

 

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