Pablo Casanova
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La quietud de las palabras

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15.09.2018
Pablo Casanova
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“Ni siquiera pronunció una sola palabra en cuanto lo vio; tan solo abandonó la pesada maleta de piel que llevaba en la mano por el suelo y, eligiendo con la pericia de un viejo maestro uno de los lienzos en blanco que había traído consigo, lo depositó sobre el caballete que su amigo le tenía ya preparado en la casa,  frente a la puerta que daba al jardín, y se puso a pintar de inmediato.  Sintió que el tiempo le apremiaba; que cada minuto de cada hora del día que hubo pasado sin captar esa luz que iba resbalándose sobre el descuidado edén como una sutil tela de seda, era una oportunidad perdida para elaborar una obra sublime. Fue como si, de repente, con mirar únicamente todo lo que le rodeaba –los vivos colores de los pétalos de las amapolas y los lirios, los espigados tallos de las rosas, las margaritas tratando de asomarse entre el verdor de unos asilvestrados arbustos que todo lo inunda–, contemplando cada palmo del jardín de aquella humilde casa del arrabal parisino de Montmartre, entendiese de una vez por todas lo que su mente y su mano habían intentado captar desde la primera vez que decidió pintar como Monet y descubrir ese instante preciso en el que el paisaje, los colores y la luz se transforman en un todo uniforme e irrepetible…” Trató de continuar con la historia, pero se quedó de pronto callado al ver a uno de los escolares que se encontraban sentados en el suelo del museo, frente al cuadro de Renoir, mirando la pantalla de su teléfono móvil con cara de aburrimiento. Al percatarse del gesto contrariado del alumno, decidió no seguir con la explicación y se dirigió hacia donde estaba el chico y se sentó a su lado, ante la atónita mirada del resto de estudiantes y del incipiente rubor que asomó en la cara del molesto adolescente. Le preguntó entonces que quién creía que eran las dos figuras que aparecen en mitad del jardín. «Serán su esposa y su hijo», le respondió con hastío el muchacho.  «Y quién no te dice a ti que son un jardinero y la amante del pintor; o incluso que son figuras completamente inventadas por él, como si fuesen una visión suya… ¿Acaso no pudo Renoir ver a un hombre cogiendo flores y a una mujer paseando con una sombrilla, de la misma forma en la que tú ves a otras personas que ni siquiera conoces en la pantalla del móvil?», le respondió su profesor. «Entonces, ¿no son reales?», preguntó el alumno, con sincera curiosidad.  «Probablemente, nunca lo sabremos. Pero en eso reside precisamente la magia de la pintura… en poder dibujar todo aquello que seamos capaces de imaginar observando tan solo unas cuantas y hermosas flores abandonadas». Durante el resto de la visita por el museo, el chico no volvió a usar más su teléfono, y cada vez que la clase se detenía frente a un cuadro de Renoir, este le preguntaba a su profesor las cosas más insospechadas y curiosas que nunca antes hubo oído durante sus muchos años de docencia. Mujer con sombrilla en un jardín. Pierre-Auguste Renoir, 1875. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).

 

 

 

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