Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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20.03.2022
Pablo Casanova
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   Recuerda muchas cosas al detalle: el tiempo que hacía ese día concreto; el color negro de su bicicleta BH; el modelo y el color y hasta la matrícula del Renault 4/4 que tenía mi abuelo Pepe en aquel tiempo.  Qué curiosa y extraña es su mente a veces, pues cita de memoria a los antiguos amigos de los Escolapios, pero no es capaz de asegurar con la certeza que yo necesito para mi historia cuántos años tenía él entonces, si doce, trece o catorce, aunque está convencido de que sucedió en esa etapa de su vida. Dice sus nombres y apellidos con una naturalidad que tiene algo de invocación fantasmagórica, porque algunos de ellos ya están muertos, pero él los enumera como si hubiera hablado con ellos no hace mucho: Jesús Jiménez Caballero; Luis Linares Girela; Gerardo Mochón Sánchez; Manuel Bustos Valor; Manuel Aznar Martínez…, y sin embargo no recuerda su propia edad de entonces.

   Los unía no solo el colegio, sino también una insólita afición a la tauromaquia, quizá inducida por ese tal Jesús Jiménez Caballero, que era de un pueblo de Sevilla y siempre estaba hablando de toros, de modo que todos ellos se apuntaron en la peña taurina La Montera, donde pagaban una pequeña cuota,  y con la que iban a practicar “toreo de salón” por las tardes a la plaza de toros. Con algo de orgullo, me cuenta que incluso una vez fueron a Radio Granada, donde los entrevistó el periodista Diego Garzón, sin entender que ese nombre a mí, tristemente, no me dice nada, pues jamás había oído hablar de él. Les gustaban tanto los toros, que a menudo iban a la Biblioteca Municipal del Salón para leer El Ruedo, el suplemento taurino que semanalmente salía publicado con el diario deportivo Marca.

   Sin mucho esfuerzo, puedo imaginarlo en aquellos años hablando con sus amigos de toros, escuchando con atención las historias que repetían por enésima vez de Manolete, de Pepe Luis Vázquez y de Rafael “El gallo”, de Luis Miguel Dominguín y de su cuñado Antonio Ordoñez, de Juan Belmonte, aunque no hubieran visto torear nunca a muchos de ellos, como Frascuelo, a quien debe su nombre la plaza de toros de Granada, pues ni siquiera habían nacido cuando este murió, pero ello no era óbice para hacerse una idea de lo famoso e importante que debió ser en su época más gloriosa.

   

   Se acuerda perfectamente de que ese día no dejó de llover. Lo hizo de forma intermitente, a ratos muy brusca, formado en el suelo charcos en los que llegaron a beber porque no habían llevado consigo ni una sola botella de agua, tan solo un bocadillo para cada uno y la ilusión por convertirse en toreros.  Ese día, Manuel Aznar Martínez y mi padre faltaron al colegio. Cogieron sus bicicletas y se marcharon por la antigua carretera de la costa, la que llaman la de la cabra, rumbo a Sevilla, para no adentrarse en la nacional principal de entonces, dando un rodeo que, hoy a mí, acostumbrado a la inmediatez de ya de las autovías, me cuesta entender. Habían escrito una carta en la que explicaban el motivo de su marcha y se la dieron a los compañeros de clase para que se la entregaran a los curas de los Escolapios, quizá con la intención secreta de que pudieran ir a buscarlos por si algo no iba bien, a pesar de que él me dice que lo hicieron para que fueran los curas quienes se la dieran a sus padres y así no tener ellos que enfrentarse a sus negativas y sus caras de reproche.

   Fue mi abuelo Pepe, a quién no conocí, la persona que finalmente fue a buscarlos. Lo hizo en el Renault verde que tenía en esos años, cuya matrícula todavía se sabe mi padre de memoria, repitiendo los números con la agilidad con la que no es capaz de recordar la de alguno de los muchos coches que ha tenido en su vida, quizá porque no hay asociados a ellos los recuerdos de una niñez inolvidable. Me cuenta de nuevo que la lluvia no paraba; que en algún momento tuvieron que refugiarse en un cortijo abandonado que encontraron junto a la carretera. Pasado el Campamento Militar de El Padul, que hoy día se encuentra abandonado, mi abuelo los halló finalmente, completamente empapados, y cuando los vio, se apoderó de él una mezcla de alivio y enfado que todavía mi padre recuerda con una sonrisa de nostalgia en la cara. 

   Quiso darles un escarmiento por lo que habían hecho, de modo que en vez de cargar las bicicletas en la baca del coche y subirlos, los obligó a ir en ellas de vuelta hasta Granada, mientras él iba detrás, en el interior del Renault 4/4, viendo como apenas podían pedalear más por culpa del cansancio y del frío y el hambre, y hasta del miedo que debieron de pasar en algún momento, aunque esto último no lo confiese. Al cabo de un rato, mi abuelo cedió. Mi padre dice que fue por que se cansó ya de ir tan despacio, pero yo quiero pensar que cambió de opinión porque entendió que habían aprendido la lección. 

 

   A pesar de todo, del susto tan enorme que su amigo Manuel y él le dieron a todo el mundo, la afición por los toros continuó viva en mi padre durante mucho tiempo, pero ya no quiso ser torero. Han pasado muchos años desde la última vez que fue a ver una corrida. Con algo de enfado, me explica que ya no hay toreros como los de antes, que la fiesta es distinta, que se ha perdido la nobleza y la magia de cuando él era un crío. Tal vez sea así. No estoy seguro, pues no entiendo de toros ni tampoco me gustan demasiado. Lo que yo añoro es no haber podido conocer a mi abuelo Pepe; sentarme con él a que me contase más historias de mi padre como esta. 

A  mi padre

Oriol Maspons, “Toreo de salón. (Barcelona)”. 1962

Colección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

 

 

 

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