Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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19.06.2019
Pablo Casanova
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No sé muy bien de dónde me viene esa atracción que siento por las cosas de otras épocas. Quizá se deba a que no me gusta demasiado el tiempo en el que vivo, o quizá sea tan solo la infame certeza de que la vida se me escapa a una velocidad que no consigo controlar e irónicamente trato de aferrarme a ella por medio de unos recuerdos que nunca me pertenecieron, como si el hecho de imbuirme en las vidas de otros a través de las frases que escribieron, de retroceder en el tiempo con ellos para inventar el final de esas historias esbozadas en rápidos fragmentos debido a la limitación del espacio destinado a la escritura, me sirviera para olvidarme por completo de que ya he consumido cuarenta y un años de mi vida y todavía no tengo muy claro hacia dónde me dirijo, sintiéndome un extraño en mi propio mundo circundante, igual que le sucedía a Rod Taylor en aquella película de 1960 en la que construía una máquina con la que viajar en el tiempo porque en la Inglaterra de finales siglo XIX que le había tocado vivir no hallaba nada que lo retuviera. Tal vez sea esa la razón menos incoherente para explicar la irracional fascinación que tengo por las postales antiguas. Son como pequeños secretos desvelados desde el más allá. Palabras de fantasmas; de personas que hace ya mucho tiempo que dejaron de pisar por las calles por las que caminamos y de visitar los lugares que nosotros descubrimos, pero que atestiguan la materialidad de su anónima existencia a través de las cosas que contaban en las postales que un día enviaron ilusionados; confiados; enamorados; ansiosos; queriendo simplemente tranquilizar a un familiar cercano sobre su llegada a una ciudad lejana o incluso a un país más remoto todavía.  Cuando las veo, estoy convencido de que ninguno de ellos podría llegar a sospechar que aquellas frases de complicidad o anhelo destinadas a alguien de quien conocemos su nombre y sus apellidos y hasta la dirección donde residía en aquel entonces pero imposible de ponerle un rostro,  acabarían tantos años después, incluso siglos más tarde, amontonadas en el interior de un cajón de una tienda de antigüedades en Granada o esparcidas en una bandeja sobre el mostrador de un stand de la Feria del libro antiguo de Sevilla, entremezcladas las postales con decenas de fotografías en blanco y negro de personas que también se han convertido ya en fantasmas, sus recuerdos y anécdotas aguardando con paciencia mineral a que alguien tan trastornado como yo los rescate de esa espectral desatención a la que han sido postergados. Quizá por eso me hipnotiza tanto cualquiera de ellas, porque, como le comentaba Marlene Dietrich a Orson Welles en Sed de Mal cuando este le decía que la pianola le traía recuerdos: “es tan antigua que parece una novedad”. Podría pasarme horas enteras curioseando entre ellas: desentrañando las vivencias de esas personas de las que nunca llegaré a saber nada y cuyas vidas imagino tan diferentes a la mía, igual que las postales que voy pasando entre mis manos en uno de esos anticuarios de un rastro cualquiera con la ávida curiosidad de un coleccionista de sellos o de libros raros, atendiendo a cada detalle que la imagen del anverso aún retiene con sorprendente perfección, tan distintas todas, y a la vez tan parecidas por su inocente sencillez: imágenes de ciudades extranjeras y de puertos con barcos gigantes; de pueblos y caminos de tierra salpicados por un sol de mediodía en el que un hombre sujeta cansinamente una cuerda amarrada a la brida de un mulo; de playas y palacios urbanos y altísimas iglesias de artísticos pasados. Historias en blanco y negro o sepia de una época en la que yo ni siquiera existía pero que añoro de la misma forma en la que extrañan la patria los exiliados de una guerra, como si alguna vez me hubiesen pertenecido todos y cada uno de esos lugares, aunque no logro recordarlo del todo, pues tengo una espesa bruma donde debía tener la consciencia.  Otras veces me resulta imposible comprender por completo lo que cuentan, porque la caligrafía de entonces apenas se parece en nada a la nuestra, que es rápida y desordenada, cambiante, nerviosa, demasiado impersonal, casi olvidada a fuerza de no usarla, abandonada por esta fría costumbre de escribirlo todo en la pantalla de un teléfono móvil o con el teclado de un ordenador, igual que hago yo ahora, usando estas malditas letras digitales que tienen la misma calidez que un páramo helado. Por eso me gustan tanto las postales de antes. Ojeando cada trazo en ellas escrito, descifrando en la manera tan elegante con la que se hacían antes las consonantes y vocales los abrazos que alguien recién llegado a Barcelona le mandaba a su hermano, los deseos que una señora de Valladolid tenía de que su sobrina pequeña se recuperase pronto de aquellas fiebres tan altas, lo mucho que un militar de nombre Pedro y destinado en Alhucemas echaba de menos a su novia Consuelo o el agradecimiento que un joven empleado de banca le hacía a un amigo por haberle hecho llegar a la oficina de correos unos cuantos ejemplares de la revista Life, descubro en mi propia letra, en la forma en la que escribo sobre el papel los capítulos de una nueva novela con la que no consigo avanzar del todo, que hay algo de cada uno de ellos en mí, o eso me gustaría, pues creo percibir en mis trazos la lejanía de un tiempo ya pasado. A lo mejor ahí se encuentra el motivo de porqué no consigo prosperar en esa nueva historia que trato de inventar: porque en realidad ya la escribí pero no la recuerdo. 

 

 

 

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