Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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14.09.2017
Pablo Casanova
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     Echó un lento vistazo a su alrededor y lo único que percibió fueron las estrepitosas pinceladas que la muerte iba dejando tras de sí en forma de compañeros muertos a los que apenas se le distinguían nítidamente los signos de sus caras, los rostros cubiertos de tierra o ahogados dentro de un minúsculo y superficial charco de agua estancada, alguna rata que otra paseándose indecorosamente por encima de alguno de ellos mientras el sonido de las ametralladoras se dejaba sentir a través de intermitentes ráfagas de odio empujadas por el viento seco de finales de verano. Tenía el uniforme manchado por restos de barro mezclado con la sangre de unos cuantos soldados a los que había tratado inútilmente de auxiliar minutos antes de que perdieran la vida en sus brazos. A duras penas podía sostener su fusil porque desde hacía dos meses arrastraba consigo un temblor fuerte y doloroso en las manos, debido en parte a la tensión provocada por el constante miedo a morir y en parte por las explosiones de las bombas alemanas que llevaban sufriendo noche y día.      Recostado en uno de los montículos en talud del interior de la trinchera, escuchó a alguien decir la fecha de ese día y de pronto cayó en la cuenta de que era su cumpleaños: 14 de septiembre de 1917. Ni siquiera fue consciente durante esos primeros minutos de que llevaba ya un año y medio alistado en el ejército, combatiendo, arrastrándose por diferentes lugares de una Europa asolada, impregnada de un repugnante olor a suciedad corporal  y disentería, a cuerpos de hombres y de animales pudriéndose en mitad de los campos, a gas venenoso que volvía el aire irrespirable y putrefacto,  al deseo presente e inalcanzable de regresar a casa. De manera instintiva le vino a la memoria el pequeño edifico en chaflán donde estaba la pastelería que regentaban sus padres en el pintoresco pueblo de Montdidier: el color celeste de su fachada; el apetitoso escaparate repleto de tartas y dulces y bombones colocados a lo largo de las estanterías; el flamante mostrador de oscura madera barnizada tras el que su madre atendía a los clientes mientras él le iba ayudando con las cuentas o llevaba los encargos que tenían anotados desde primera hora de la mañana. Con cuidado de no estropear el papel más de lo que ya lo estaba, sacó del bolsillo interior de su abrigo azul grisáceo la única carta que habían logrado entregarle de su familia. La había leído tantas veces que era capaz casi de recitarla de memoria. Le gustaba de forma especial una frase que sus padres le dedicaban hacia el final, antes de desearle una pronta y sana vuelta al hogar: «Ten mucho cuidado, hijo; no permitas que nos priven de ti.» Hubiese querido tener a alguien cercano a quien leérsela de nuevo, a quien decirle la importancia de aquel día para él, pero los pocos amigos con los que se alistó una fría mañana de enero habían ido muriendo poco a poco bajo el imborrable sonido de las explosiones de las bombas o por invisibles ráfagas de ametralladoras, de modo que la releyó para sí mismo mientras notaba como le iban cayendo, silenciosas, unas pocas lágrimas por las mejillas. Las dos cuartillas de papel existían tan agrietadas como los recuerdos de aquella maldita guerra que parecía no acabarse nunca, rasgadas de tanto abrirlas y cerrarlas durante las inactivas mañanas en el frente, e incluso  había en una de las hojas unos pocos restos de suciedad y sangre que apenas pudo eliminar.      Nunca imaginó que su vigésimo tercer cumpleaños lo pasaría dentro de una trinchera no muy lejos de la frontera con Bélgica, ocultándose de unos soldados alemanes que probablemente tendrían su misma edad y que también habrían perdido a sus mejores amigos. Con tristeza, con algo del miedo al que ya se había acostumbrado a llevar como compañero, pensó que a lo mejor no viviría para poder celebrar otro día como ese, por lo que volvió a guardar la carta de sus padres en el interior del bolsillo y se acercó hasta un grupo de cuatro soldados que fumaban en silencio mientras dejaban que el sol poniente calentara un poco sus empalidecidos rostros. Apenas había charlado en un par de ocasiones con ellos antes de aproximarse. Sin mediar palabra, les dio un abrazo a cada uno y ante su comprensible asombro les explicó que  era su cumpleaños. De una de sus pequeñas bolsas de tela, uno de aquellos hombres extrajo lo poco que le quedaba de una tableta de chocolate y lo repartió entre los demás. Después de un rato de agradecida conversación, de olvidarse por unos momentos de dónde estaban y de conocerse un poco más a fondo, los cinco soldados franceses se callaron de forma repentina sin saber muy bien qué decir. Notó con preocupación cómo le regresaba el temblor a las manos mientras afuera, no tan lejos de allí, el sonido de las bombas anunciaba que había llegado el indeseado momento de salir a combatir.

 

 

 

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