Pablo Casanova
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La quietud de las palabras

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10.06.2020
Pablo Casanova
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Como cada domingo a esas horas, la televisión llevaba ya un rato encendida y ella esperaba sentada en el sillón a que comenzase el concurso que tanto le gustaba y que seguía viendo cada último día de la semana con una fidelidad de trienios. Se había cubierto las piernas con la falda de la mesa camilla y le había pedido al hijo que le encendiera el brasero porque tenía más frío que de costumbre, pues siempre había sido una mujer friolera, hasta el punto de ducharse en los mediodías de verano con el calentador encendido porque no soportaba la sensación del agua fría sobre su piel. Le gustaba estar cómoda en casa, de modo que cuando regresó de misa y terminó de colocar dentro de un jarrón con agua las flores que compró en uno de los quioscos de la plaza del General Orduña, se cambió de ropa y se puso el chándal que el hijo le había regalado por su último cumpleaños: sobrio en colores, la tela cortada casi sin gracia, aquella prenda era tan anodina que parecía más un doméstico uniforme diseñado para ocultar cualquier vestigio de la anatomía femenina. Sin embargo, a él le resultaba inconcebible imaginar a su madre vestida con aquellas coloridas ropas de deporte con la que muchas señoras, embutidas en ellas con una tirantez casi ordinaria, iban ataviadas por la calle o en el gimnasio del barrio. Sentado en otro sillón a su lado, tratando de leer el periódico sin conseguirlo por culpa del volumen tan alto al que su madre se había acostumbrado a oír la televisión desde hacía unos cuantos meses, se descubrió a sí mismo contemplándola, el periódico abierto entre las manos por la sección de deportes, sonriendo levemente al ver cómo ella iba respondiendo con inaudibles palabras a las preguntas que los concursantes eran incapaces de adivinar. Se fijó primero en las manos, en la curiosa forma en la que la piel de su madre se había ido arrugando en los últimos años, elevándose y hundiéndose igual que diminutas dunas de arena rosácea que se extendían hasta los dedos, pues a diferencia de algunas de las amigas de su madre, a ella no le habían salido aquellas incontables manchas que aparecen en la piel de los viejos igual que estigmas de su edad. Luego observó con detenimiento la cara, los ojos verdes, la nariz aún algo afilada, sus pequeñas orejas sin pendientes, el pelo blanco, lo bien peinada que iba siempre, la carnosa redondez de los pómulos, las mejillas ya flácidas que él había besado tantas veces de niño y que ahora tan solo volvía a ellas en contadas ocasiones, no por pudor o vergüenza, sino porque un día cualquiera dejó de hacerlo y perdió la costumbre. Quizá, desde que ella enviudó; desde que estuvo sumida más de un año en una oscuridad irreconocible, sin ganas de salir a la calle o de viajar, a pesar de que le había prometido al esposo antes de morir que viviría por los dos mientras pudiera; pero se olvidó de hacerlo igual que el hijo había olvidado lo que era besar diariamente las mejillas de su madre con la frecuencia infantil de antaño. Mirándola, se acordó súbitamente de una fotografía en blanco y negro en la que su madre aparecía junto a unas antiguas compañeras y se preguntó al ver lo cambiada que estaba, cuánto quedaría aún en ella de aquella joven que posaba risueña en las escaleras de la Facultad de Medicina, porque tenía la extraña sensación de que su madre no envejeció de una forma lenta y progresiva, sino que se había hecho mayor de golpe. Se dio cuenta ya en los primeros días, cuando decidió irse a vivir con ella tras su divorcio para que así la madre no estuviera tanto tiempo sola. Le repetía al hijo las cosas con un intervalo de horas o se angustiaba por no encontrar algo que había tenido en las manos minutos antes y no sabía dónde lo dejó; incluso ahora tenía que sentarse a descansar en cuanto volvía del supermercado o la pescadería, sin rastro ya del ímpetu que tuvo hasta hace poco y que al hijo siempre le resultó algo admirable.  De manera inesperada, la madre se volvió un momento hacia él para ver qué estaba haciendo, y cuando las miradas de los dos se encontraron, ella le sonrió con aquel gesto tan característicos suyo en el que entornaba un poco los ojos y movía sutilmente la cabeza y formaba con sus labios una mueca silenciosa de orgullo o de alegría, pues en esos fugaces momentos nunca decía nada, así que era difícil adivinar lo que pensaba, y después siguió viendo el concurso de la televisión. Unos pocos minutos después, tras renunciar a la lectura del periódico, el hijo le preguntó si quería que le preparase ya la cena, pero ella no le escuchó. A pesar de ello, él se levantó del sillón dispuesto a traerle algo caliente de la cocina, no sin antes acercarse hasta ella y darle un beso en la cara. La madre lo miró fijamente, algo sorprendida; lo vio perderse en la oscuridad del pasillo, recordó lo mal que este lo había pasado con el divorcio, y cuando dejó de verlo, pensó en lo mayor que se estaba haciendo su hijo.

 

 

 

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