Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

Enlace al blog de Pablo Casanova:

 

pablocasanova14.blogspot.com.es

07.09.2022
Pablo Casanova
Ningún comentario

     Llevaba viéndolo semanas; meses, quizás; y cada vez que pasaba por delante del escaparate de la Librería Continental, se detenía durante unos cuantos minutos para observarlo, convencida como estaba de que antes o después llegaría el día en que lo compraría. Se sabía no solo el precio de memoria, que paradójicamente juzgaba entre demasiado caro y lógico para un libro como ese, sino también bastante del contenido que encontraría entre sus páginas. Lo veía al otro lado del cristal de la tienda con un deseo que ninguna de sus amigas llegaba a entender, y menos aún que estuviera dispuesta a gastarse una cantidad como aquella en él. Seguramente, podría haberlo tenido mucho antes. Si le hubiera pedido el dinero a su padre, o a esas dos tías solteras de las que tantas veces he oído hablar y que incluso la casa de la playa lleva sus nombres, estoy convencido de que cualquiera de ellos se lo habría dado sin pensarlo, porque afortunadamente el dinero nunca fue un problema para ninguno, pero quería lograrlo por su cuenta, de modo que se prometió a sí misma que cuando ganase lo suficiente, les haría un regalo a los demás y ella se compraría aquel enorme volumen de casi cuatrocientas páginas del que Ernesto, el dueño de la librería, le había reservado un ejemplar.  Por aquel entonces, mi madre trabajaba como ayudante de la cátedra de Historia del Arte con don José Manuel Pita Andrade en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, mientras preparaba con ahínco una tesina que me enseñaría con orgullo muchos años después, cuando yo era ya otro alumno más de esa misma facultad haciendo la carrera de Historia del Arte; recorriendo un camino que, al igual que ella, me ha conducido hasta las aulas de secundaria en las que ejerció como profesora toda su vida, y en las que ahora yo trato de estar a su altura como docente. 

    En el mes de diciembre de la Navidad de 1969, Pilar Castillo Noguera, mi madre, cobró su primera paga extraordinaria, y en cuanto recibió el dinero, se lanzó a las tiendas para cumplir con su promesa. Han pasado cincuenta y tres años desde aquello, y cuando le pedí que me recordara lo pormenores de esta historia, tan solo recuerda con exactitud lo que le regaló a su padre, por quien sentía una veneración que a mí me sorprendía cuando era niño, pues me costaba reconocer en mi abuelo Adolfo la cualidades de un hombre cariñoso. Cree que a mi abuela Pilar y a sus tías Amelia y María les compró un colgante en forma de cruz; que a mi tío Adolfo debió ser un cartón de Ducados, pues ya en aquel entonces fumaba bastante; y a mi tía María Jesús (mi madrina), quizás, un pañuelo, pero no está segura del todo. De lo que no tiene duda, en cambio, es del abrecartas de acero inoxidable grabado con la fecha y el nombre que le dio a su a padre. Si embargo, de todas las cosas que compró, el regalo más especial fue el que se hizo a sí misma, por haber hecho realidad al fin su atípico deseo.   Ahora, tantísimo tiempo después, cuando pienso en ello, no puedo evitar sonreír al imaginarme a mi madre a sus veinticinco años, en una época en la que las mujeres se interesaban mucho más por otros aspectos de la vida, llegando orgullosa a la Librería Continental y decirle a Ernesto que le cogiera del escaparate el libro titulado 5.000 Goles Blancos sobre el Real Madrid de fútbol, y que todavía hoy guarda en su casa como un tesoro.

A mi madre

                             

                                                                                             

 

 

 

El autor en las         redes sociales:

Tweets de Pablo Casanova @pablocasanova14