Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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24.08.2020
Pablo Casanova
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 No sé si soy yo o es la ciudad, que está como perdida, desdibujada, que ha extraviado la hermosura de su esencia, ausente de sí misma, igual que una anciana que hubiera olvidado dónde vive o cómo se llama. Desde hace tiempo, a mi alrededor solo encuentro calles y plazas en las que apenas consigo ya identificarme, pues todo en ellas es demasiado distinto, tanto, que me cuesta mucho disfrutar cuando deambulo por las aceras de esta Granada que cada vez siento menos mía. Todo es distinto y a la vez tan parecido, que no importa que estas amargas palabras se refieran a mi ciudad o a otra cualquiera, porque apenas existen ya entre ellas unas pequeñas diferencias; si acaso, la de los monumentos que, como raras avis, se erigen todavía en este mar de franquicias de locales de comida rápida y tiendas de colonias, de marcas de ropa que a fuerza de encontrarnos una y otra vez con ellas nos empujan a vestir todos iguales, uniformados con pasajeras prendas y efímeras tendencias que aparecen y desaparecen con la misma avidez con la que se adueñan de los locales en los que antaño había una zapatería de siempre, una tienda de sombreros o corbatas, una pequeña librería de viejo, una tienda de lámparas, un bar plagado de fotografías en blanco y negro y una barra de aluminio, una cafetería como el Lisboa, con sus sillas y mesas de madera y sus enormes ventanales a través de los que uno disfrutaba viendo a la gente caminar por la calle Reyes Católicos o en Plaza Nueva, sin que los políticos locales hagan nada por evitar esta tragedia.

He tratado de volver a algunos de los sitios en los que permanecían anclados los recuerdos de mi vida y es casi imposible no sentir una honda impresión de vacío, de que nada permanece como yo lo recordaba, completamente abandonados o desmantelados, transformados, cambiados por una fealdad inexplicable o simplemente cerrados, tantos años y tantas vivencias después, igual que le ha sucedido al Café Lisboa, que se ha ido para siempre, y con él, las historias de la gente que alguna vez entró allí, igual que esos pueblos que quedaron sumergidos bajo las mortecinas aguas de un pantano cualquiera, ahogando eternamente las voces que una vez hubo en sus calles. 

He intentado recordar cuándo fue la primera vez que estuve allí, en el Lisboa,  degustando un café y un dulce de hojaldre, pero me ha resultado del todo imposible, pues ni siquiera me acuerdo de si era un frío anochecer de invierno o una calurosa tarde de verano, de esta Granada en la que la primavera pasa siempre de puntillas. Sin embargo, aun tengo muy presente las dos últimas veces que acudí, acompañado de alguien que ya es indivisible de mi vida, después de que volviésemos de la Alhambra en la penúltima de esas ocasiones, de que viésemos cómo el Sol caía sobre los edificios y las azoteas y las cubiertas de la Catedral y de la Capilla Real; de teñir lo poco que queda ya de la vega de Granada con una coloración anaranjada que parecía sacada de un cuadro impresionista, y acabar después en el Lisboa, en una tarde que a duras penas podría volverse más inolvidable, pero que ya jamás podrá ser posible. 

Ahora, sentando frente al ordenador, mientras repaso las notas que torpemente escribí tumbado sobre la arena de la playa del Algarrobico, leyendo las líneas que escribí en las amarillentas hojas de un cuaderno que mi amigo Juan Borrás me regaló, pienso de nuevo en el Café Lisboa y no puedo dejar de arrepentirme por no haber ido allí más veces. Y no puedo evitar que una amarga culpabilidad se me cruce en el pensamiento, como si,  de alguna forma, mi ausencia de tantas mañanas y tardes en las que no pude acudir hubiera contribuido a la agonía de su cierre.

 

 

 

 

 

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