Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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14.01.2018
Pablo Casanova
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  A través del cristal de la habitación miraba la calle y sus gentes, el lento ir y venir de los automóviles tratando de avanzar dificultosamente en esa fría tarde de lluvia sin tregua de un miércoles del mes de febrero, aguardando sin deseo lo que nada ni nadie podía evitar ya, preguntándose en un susurro inaudible a dónde irían todas esas personas o quién les estaría esperando en alguna parte de esa ciudad de Granada en la que por primera vez en su vida no deseaba estar allí ni en aquel hospital. De vez en cuando, durante la cansada tregua que le ofrecían los escasos momentos en los que su padre permanecía dormido o no aparecían por la habitación ningún médico o enfermera, se levantaba del incómodo sillón roído del tiempo en sus brazos y se ponía a observar por el amplio ventanal para tratar de ordenar los recuerdos que, como un torrente, le asaltaban ahora la memoria bajo el zumbido incesante y diario de uno de los tubos fluorescentes; años de recordación imprecisa en los que difusamente se mezclaban las soleadas tardes de verano en Montpellier con los recuerdos más recientes de su vida en España; y en todos ellos, como si ahora le resultara imposible pensar en un momento de su adolescencia o su niñez en la que él no estuviera presente, la figura de su padre, grande, casi majestuosa, alegre, se imponía en sus evocaciones con una resplandeciente nitidez que sin embargo no lograba otorgar a una arquitectura determinada o a una fecha concreta, siendo arrancada de su vago y nostálgico ensimismamiento por el sonido de la megafonía del hospital cuando llamaban a un médico para que acudiese a recepción.   Ni siquiera tuvo que decirle una sola palabra. Los dos sabían con certeza que aquellos eran los últimos días que pasarían juntos. Él lo adivinó en sus ojos, en la crepuscular melancolía con la que lo miró cuando las enfermeras terminaron de colocarle todos esos cables y vías con los que trataban de paliarle el agotador sufrimiento que llevaba padeciendo desde que lo ingresaron. Ella por la forma en la que le cogió la mano la primera vez que se quedaron a solas en la habitación de ese hospital que ya no abandonarían a la vez. Pero ese día sucedió algo distinto. Aquel miércoles sintió de pronto un estremecimiento y por un instante dejó de mirar por la ventana para volverse, con una tibia sensación de calma, hacia la cama en la que su padre estaba tumbado, y descubrió que él la estaba observando. Quizá llevaba un buen rato haciéndolo o tal vez intuyera lo que ella imaginaba o trataba de evocar con tanto dolor y cariño. Quiso reconfortarla aunque fuese una última vez en su vida; aunque tuviera que hacerlo desde la cama en la que intentó agarrarse a una vana esperanza durante los primeros días con una adorable obstinación, de modo que cuando su hija volvió la cabeza él le guiñó un ojo con toda la dulzura que aún le quedaba. Ella le sonrió con un brillo especial que intentaba ocultar la punzante mezcla de tristeza y agradecimiento que sintió en aquel momento. Después, se quedó dormido. Tres días más tarde se fue para siempre, pero ella aún guarda en su retina aquel último y sencillo gesto de su padre con la misma ensoñación y ternura con la que se conservan las viejas fotografías de familia. A Isabel, por compartirlo conmigo.

 

 

 

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