Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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16.01.2022
Pablo Casanova
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    Es curiosa la forma en la que a veces nos percatamos de las cosas, de lo que se volverá una rutina con el tiempo, algo cotidiano y repetitivo, agradable, esperado, deseado durante un tiempo de manera casi obsesiva, y que, sin embargo, hasta anoche ni me había dado cuenta. Tan solo es necesario un gesto, o una sucesión de ellos, de pequeños detalles que diariamente pasan desapercibidos, pero que una noche cualquiera adquieren de improviso una significación especial, igual que si fueran la milagrosa revelación de un hecho extraordinario. Fue así como ocurrió, con esa hermosa intrascendencia que en determinadas ocasiones convierte en importante lo que era simple naturalidad. 

    Todavía hoy, en este frío y luminoso mediodía de enero, mientras relleno el cuaderno de palabras con tinta azul que nacen de la pluma que un día me regalaste, soy capaz de vislumbrar y percibir lo que me ha llevado a recuperar una escritura que tenía casi olvidada: tu manera de entrar en la cama, frotándote las palmas y los dedos de las manos para que terminara de absorberse en la piel la crema que te habías puesto unos minutos antes; el olor de la colonia para bebés que te gusta echarte antes de dormir, igual que vienes haciendo desde hace años, cuando ni siquiera imaginabas mi existencia, y que te gusta sentir sobre el pijama y el cuerpo porque te ofrece una cándida sensación de frescura; las cosas de las que me hablas por las noches mientras te lavas la cara y te cepillas los dientes y te peinas de nuevo, y que yo escucho sin demasiada atención porque siempre llego a la cama antes que tú y me pongo a leer, pero las percibo en la corta distancia que separa tu cuarto de baño de nuestro dormitorio con una entrañable cualidad rutinaria, igual que si esa misma escena llevase repitiéndose durante décadas, aunque es imposible, porque no hace tanto que nos conocemos y que vivimos juntos, y a pesar de ello actuamos ya como un matrimonio de los de antes.

    Luego, te miro. Te observo tumbada a mi lado, dentro de la cama, bajo las sábanas que ya no sé comprar sin consultarte, sin preguntarte si las prefieres lisas o de rayas, anulado en mi capacidad de tomar ciertas decisiones, no por miedo a equivocarme o a que no te guste lo que elijo, sino porque disfruto yendo a la tienda contigo; porque hasta unas sábanas sin importancia se han transformado en irrefutables testigos de nuestra vida en común. Sin poder corroborar desde cuándo lleva sucediendo, he comprendido que me gusta mirarte sin que lo notes y grabar en mi memoria la forma en la que pasas las páginas de una novela en la cama o la cara de atención que pones durante una película, tu sonrisa al cocinar algo que te vino a la imaginación esa misma mañana, expectante mientras me llevo un poco de comida a la boca y aguardas con infantil nerviosismo un veredicto que sabes ganado con antelación.

    Con una pasmosa facilidad, he ido sustituyendo los hábitos y los recuerdos de este piso mío que ya es nuestra casa, y que rezuma de tu presencia en cada rincón. La sombra de tu imagen se vuelve tangible en el interior de los armarios, en los cajones que antaño eran solo para mí y que ahora compartimos con estudiada precisión para que ambos nos sintamos a gusto, en los innumerables botes de cosmética y productos femeninos que hasta hace un año eran inimaginables aquí, en este lugar al que entraste por primera vez en un mes de agosto y del que dijiste que se notaba que era de un hombre soltero porque los muebles y las lámparas y hasta las telas de las cortinas y las sillas te resultaban excesivamente masculinas. Colores, telas y fotografías que poco tienen en común con tu casa en Almería junto al mar, de paredes blancas sin cuadros y de cojines con flores, pero a los que has dotado con un algo tuyo que parecen haber sido escogidos por ambos, como si hubiesen perdido algo de su hombría. Con la misma sencillez con la que has ido aposentando tu esencia en cada habitación de este piso, te has apostado también en mi vida, sin hacer un ruido exagerado, durmiendo a mi lado cada noche, abrazándote a mi cuerpo al principio para separarte poco después, o siendo yo quien lo hace, sabiendo ambos en la oscuridad del dormitorio que tan solo es necesario alargar un poco el brazo para sentirnos el uno junto al otro, igual que nuestra ropa convive en los armarios o que cada uno tiene ya su lado de la cama y del sofá.

Para Aurora

 

 

 

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