Pablo Casanova
Pablo Casanova

La quietud de las palabras

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18.03.2020
Pablo Casanova
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Por alguna extraña razón siempre lo imaginé más grande, más alto, casi del tamaño de una persona de estatura media, quizá como yo cuando era un niño bastante bajito, pues grandeza y altura son dos cualidades físicas que la vida nunca quiso regalarme. Pensé también que lo vería mucho antes; no ahora, dieciocho años después de concluir mis estudios de Historia del Arte, aprovechando un viaje con mis alumnos de bachillerato a Paris; ese lugar al que siempre quise ir y al final acababa traicionando por otro destino que juzgaba yo entonces más prometedor; entendiendo ahora lo equivocado que estuve cada vez que le di la espalda a la ciudad que vio nacer a Édith Piaf, porque de eso sí que la vida me ha colmado hasta quedar exhausto: la facultad innata de tomar siempre malas decisiones… Ni siquiera lo busqué directamente cuando accedí con mis compañeros y alumnos al interior del Museo del Louvre, ansioso como andaba por empezar un recorrido entre tantas obras maestras, que incluso antes de comenzar me embargó la terrible sensación de que el tiempo transcurría a un ritmo demasiado acelerado, como si cada minuto que pasábamos en el vestíbulo de La Pirámide fuese ya un momento desperdiciado de mi vida. Pero lo cierto es que no puedo quejarme. Cómo va uno a protestar cuando tiene la inmensa fortuna de deambular entre las pinturas de Gericault, Ingres y Delacroix; cuando ha podido observar La Gioconda casi completamente a solas, sin ese muro de inacabables turistas que lo único que ansían es hacerse una foto delante del cuadro de Leonardo, sin pararse siquiera a disfrutar de la genialidad del sfumatto en la pintura; si ha tenido para sí mismo y para sus alumnos a la Victoria de Samotracia y a la Venus de Milo y a Los esclavos de Miguel Ángel sin nadie alrededor que lo distrajera de las explicaciones que iba dando con el mismo entusiasmo con el que se las escuchó a sus profesores hace tantos años, primero en el instituto y después en las clases de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada. Después llegó el sosiego, la obligada y necesaria calma de ver unas cuantas piezas más completamente a solas, cuando los pocos alumnos que decidieron acompañarme en mi recorrido fueron desvaneciéndose entre los visitantes del museo igual que los personajes de Agatha Christie iban desapareciendo en Los diez negritos. Fue entonces cuando di con él, después de un laberíntico recorrido por salas atestadas de arte oriental completamente vacías. Estaba situado en mitad de una de ellas, a resguardo bajo una urna de cristal, seguramente para protegerlo de las insolentes manos de decenas de turistas que se empeñan en tocar los objetos expuestos en los museos para cerciorase de que son de verdad. Tan solo había un par de mujeres contemplándolo cuando, de pronto, me di cuenta de que ya no había nadie a mi alrededor; que estaba a solas junto a la estatua de El escriba sentando que tantas veces estudié en mi juventud. Allí los dos, el escriba y yo, ajenos por completo a la vorágine de visitantes que pululaban como abejas sin rumbo fijo por otras zonas del Louvre, rememoré cada detalle aprendido con metódico adiestramiento durante mis clases de Historia del Arte, descubriendo con infantil asombro que cada rasgo de su cara y de su anatomía eran exactamente iguales a como yo los recordaba. Después tuve que marcharme. Confieso que sentí una cierta desazón por tener que dejarlo de esa forma, a solas, inmóvil en su disciplinada postura de escriba sin cálamo, aguardando así desde hace milenios a que alguien le coloque uno entre los dedos para poder concluir la tarea que quedó enterrada bajo la arena de Saqqara. Quiero pensar que él también se fijó un instante en mí sin que me diese cuenta. Y aunque sé que esto último es imposible… ¿por qué no creerlo? Quizá aguardaba mi visita desde hacía años. A  D. Juan Machado, mi profesor de Historia del Arte en el instituto. El escriba sentado (Museo del Louvre)

 

 

 

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